Bebo, luego...¿escribo?
La genialidad de los alcohólicos
Y no sigo porque no quiero aburriros. Pero la lista es realmente extensa y eso me da que pensar.
Y no sigo porque no quiero aburriros. Pero la lista es realmente extensa y eso me da que pensar.
Un querido amigo me ha dejado como comentario este poema de Jesús Lizano, y no me resisto a ponerlo como entrada, para que se vea bien:
Antes tenía miedo de que llegara la noche porque no podía dormir y oía al gato maullar lastimeramente bajo mi ventana cuando había luna llena.
Yismani quitó el celo del paquete de cigarrillos mentolados despacio, muy despacio. Rompió el papel dorado y sacó un pitillo. Cogió el mechero azul y lo encendió, absorbiendo la primera calada como si fuera la última. Enseguida aspiró el humo otra vez y contempló cómo subía en volutas, contra la luz del atardecer que entraba por la ventana. El humo hacía extraños giros azulados, subía, bajaba, giraba sobre sí mismo, como un perfecto sistema caótico con sus propias reglas.
Las tormentas del otro día causaron estragos en mi calle. Ramas caídas, arena arrastrada desde el parque, y farolas estropeadas.
Esta tarde, al sacar las llaves para abrir mi portal, he visto una rosa roja en el suelo, de tallo largo, medio deshojada. Me he quedado mirándola como una tonta durante unos segundos. ¿Sería un regalo de algún enamorado? ¿Sería parte de un ramo marchito que habían tirado a la basura? ¿La habrían tirado a posta? ¿Se habría caído sin querer?
He tardado menos de 5 minutos en ir y volver a la tienda de fotografía de la esquina. Ahora me parece lo más natural del mundo, pero antes, en mi vida rural, debía coger el coche y desplazarme 10 km para revelar un simple carrete. Esta vez ya no revelo carretes, bastante tengo con la cámara digital.
Me fascinan las tormentas. Podría quedarme en mitad del campo observando los relámpagos, oyendo los truenos, y sin el más mínimo miedo de que me cayera un rayo encima. De algo hay que morir.
La entrada es sencilla, una ancha abertura en medio del seto de boj. Luego llega la primera decisión, a la izquierda o a la derecha. Giro a la izquierda y avanzo sobre césped sin cortar y rodeada de setos más altos que yo. Una pared me obliga a retroceder y girar a la derecha. Sigo avanzando despacio, intentando grabar en mi mente el recorrido que estoy siguiendo. Encuentro una nueva bifurcación y avanzo hacia un lado. Entro en un pasillo largo y curvado. Sé que cada vez estoy más cerca del centro, de mi objetivo. Otro seto enorme y mal cortado me obliga a torcer a la izquierda, y luego vuelvo a girar, y ya estoy desorientada del todo. Pero no puedo volver hacia atrás, sobre mis pasos, porque olvidé por dónde vine. No tengo ni idea de dónde está la entrada, así que sólo me queda seguir hacia delante. Cada vez más nerviosa y más deprisa. Girando sin pensar, siguiendo una intuición que creo que me está fallando. Agotada, me siento en el suelo. No puedo más. ¿Por qué no me avisaron de que el laberinto era tan complicado antes de entrar? Quizá nunca habría entrado. Quizá hubiese escogido el paseo recto rodeado de chopos. Pero ya no hay vuelta atrás. Estoy perdida. Y tendré que seguir adelante, por muy cansada que me encuentre, hasta llegar al centro o morir por agotamiento.