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sábado, 13 de septiembre de 2008

El escritor y la botella

Desvelada como estoy a estas horas de la madrugada, se me ha ocurrido buscar información sobre alguno de mis escritores favoritos, empezando por Alan Poe. Luego, siguiendo otros enlaces, he descubierto, sin mucha sorpresa, que el oficio de escritor parece estar íntimamente unido al de otros vicios como la bebida y las drogas. Os paso directamente unos enlaces que explican muy lúcidamente a qué puede ser debido, planteando más preguntas que respuestas.

Bebo, luego...¿escribo?

La genialidad de los alcohólicos

Edgar Allan Poe


La pluma y la botella


Beaudelaire


Bukowski


Y no sigo porque no quiero aburriros. Pero la lista es realmente extensa y eso me da que pensar.

Desde las alturas

Desde su atalaya en lo alto de la vitrina de mi salón, Merry y Tuso me observan atentamente. En parte con curiosidad, en parte con fascinación. Casi tanta como la que siento por ellos.
Sé que no me juzgan, haga lo que haga en ese momento mientras me contemplan. Ignoro qué piensan. Pero sé que están más allá del bien y del mal y eso me produce una terrible paz.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Las personas curvas

Un querido amigo me ha dejado como comentario este poema de Jesús Lizano, y no me resisto a ponerlo como entrada, para que se vea bien:








Las personas curvas (Jesús Lizano)

Mi madre decía: a mí me gustan las personas rectas.

A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la tierra es curva
y el movimiento es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos;
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.
A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
la alegría es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
las naranjas: curvas;
los labios: curvos;
y los sueños; curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva.
El día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!

Y no me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas;
a mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas:
¡contemplar es curvo!;
(en las que puedes contemplar las curvas
y conocer la tierra);
los instrumentos curvos,
no los cuchillos, no las leyes:
no me gustan las leyes porque son rectas,
no me gustan las cosas rectas;
los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.
Y la paciencia es curva.
El pan es curvo
y la metralla recta.
No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
detrás de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni las maestras rectas:
a mí me gustan los maestros curvos,
las maestras curvas.
No los dioses rectos:
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!
El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas.
Vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.

Jesús Lizano

El gato y el cohete

Antes tenía miedo de que llegara la noche porque no podía dormir y oía al gato maullar lastimeramente bajo mi ventana cuando había luna llena.
El gato era gris y blanco como la cara de la luna y le gustaba sentarse bajo mi ventana sobre la hierba húmeda de rocío, al pie del ciruelo que mi abuelo plantó junto a la tapia del jardín. Cuando le oía me ponía mi jersey de lana morada para no tener frío y me asomaba; el gato se callaba y me miraba con sus brillantes ojos, como dos linternas pequeñas y verdes, y parpadeaba mirándome. Yo sentía un escalofrío y me rascaba la barba y empezaba a temblar.

Una noche que no podía dormir oí en la radio que tengo en mi mesilla de noche que Europa iba a lanzar su primer cohete espacial a la luna. Lo estaban terminando de construir en algún lugar secreto y pronto estaría listo. El comentarista de la radio dijo que corría el rumor de que no iban a mandar el cohete vacío, sino que dentro viajaría un ser vivo. No sabían si sería un perro, un mono o una rata blanca de laboratorio.
A partir de esa noche, vi al gato gris y blanco sentarse bajo mi ventana más a menudo mirando a la luna y maullando con más fuerza y durante más tiempo. Se tiraba toda la noche y yo permanecía en la ventana mirando al gato y a la luna y entendía perfectamente lo que decía. Decía que quería ir a la luna.
Se lo conté a mis sobrinos y se rieron mucho de mí y dijeron que estaba pirado. Mis sobrinos se suelen reír mucho conmigo pero no me preocupaba porque me gusta verles tan contentos oyendo mis historias.
A la mañana siguiente mi hermana me llevó al médico. El médico dijo que siguiera tomando las dos pastillas diarias, una por la mañana y otra por la noche y me explicó con palabras sencillas que permanecer estable es bueno y que para seguir así no debería mirar tanto a la luna.
La noche siguiente había luna llena pero no había visto al gato. Me acosté pronto sin asomarme a la ventana, como me aconsejó el médico, pero de madrugada me desperté muy nervioso, con la boca seca y el corazón latiendo muy rápido, me bebí dos vasos de agua seguidos, puse la radio y oí que el cohete ya estaba listo para ser enviado a la luna. Me asomé para buscar al gato, y no le ví por ninguna parte. Por la radio seguían retransmitiendo el lanzamiento. Mientras miraba por la ventana vi una estrella brillante que se movía junto a la luna unos segundos y luego desapareció.

Han pasado varias semanas desde que lanzaron el cohete a la luna y no he vuelto a ver al gato gris y blanco. Los científicos y los expertos dicen que ha sido todo un éxito, que el cohete llegó a la luna sin novedad, que aterrizó por control remoto, que bajó un robot para explorar la superficie lunar y coger muestras y luego por control remoto también volvió a despegar y entró en la atmósfera terrestre y amerizó. Dicen que el robot sufrió un desperfecto y no pudo volver al cohete y se quedó en la luna para siempre.
Ahora antes de irme a dormir me asomo a la ventana todas las noches y cuando hay luna llena la observo atentamente durante un largo rato, procurando que mi hermana no me vea, y siempre, siempre, veo un par de luces más brillantes, casi verdes, en medio justo de la cara gris y blanca de la luna, que se encienden y se apagan como si parpadearan. Y ya no tengo miedo.


Todo es humo

Yismani quitó el celo del paquete de cigarrillos mentolados despacio, muy despacio. Rompió el papel dorado y sacó un pitillo. Cogió el mechero azul y lo encendió, absorbiendo la primera calada como si fuera la última. Enseguida aspiró el humo otra vez y contempló cómo subía en volutas, contra la luz del atardecer que entraba por la ventana. El humo hacía extraños giros azulados, subía, bajaba, giraba sobre sí mismo, como un perfecto sistema caótico con sus propias reglas.
Yismani se quedó fascinada observando el humo del extremo del pitillo, y el humo que salía por su boca y sus fosas nasales, mientras iba sintiendo el efecto que le producía. «Yo soy humo», osó pensar. «Tarde o temprano, acabaré en volutas de humo azulado». Y Yismani sonrió.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Oscuridad

Las tormentas del otro día causaron estragos en mi calle. Ramas caídas, arena arrastrada desde el parque, y farolas estropeadas.
Me asomo por la ventana y lo veo todo oscuro, casi tan oscuro como mi futuro inmediato. Al menos tengo la esperanza de que los de mantenimiento arreglarán tarde o temprano las farolas de mi calle. Pero las mías, ¿quién las arreglará?

Rosa

Esta tarde, al sacar las llaves para abrir mi portal, he visto una rosa roja en el suelo, de tallo largo, medio deshojada. Me he quedado mirándola como una tonta durante unos segundos. ¿Sería un regalo de algún enamorado? ¿Sería parte de un ramo marchito que habían tirado a la basura? ¿La habrían tirado a posta? ¿Se habría caído sin querer?
Elegí la llave correcta con la mano algo temblorosa y entré en mi casa.

Mi padre

He tardado menos de 5 minutos en ir y volver a la tienda de fotografía de la esquina. Ahora me parece lo más natural del mundo, pero antes, en mi vida rural, debía coger el coche y desplazarme 10 km para revelar un simple carrete. Esta vez ya no revelo carretes, bastante tengo con la cámara digital.

Esta vez he ido a la tienda para recoger una ampliación de la última foto de carnet que se hizo mi padre. De hace doce años. Diez años antes de que muriera. Mirando su rostro moreno lleno de arrugas, su frente despejada, su pelo blanco, su sonrisa eterna, me han llegado muchos recuerdos. He descartado de inmediato los del último año de su vida. Demasiado duros. Así que he decidido recordarle montando su vieja bici, yendo al pueblo a por cualquier recado que le hubiese hecho mi madre, o yendo al campo a cavar las olivas (en mi pueblo no dicen olivos, sino olivas), o a recoger la aceituna. Nunca supo conducir un coche, ni falta que le hizo. En su bici llevó tomates y judías y pimientos de la huerta de la que estaba tan orgulloso; llevó sacos de aceitunas; llevó bolsas de víveres de la lista de la compra que mi madre le daba; me llevó a mí.
No suelo recordale mucho, me causa demasiado dolor. Pero hoy se lo merecía.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Tormentas

Me fascinan las tormentas. Podría quedarme en mitad del campo observando los relámpagos, oyendo los truenos, y sin el más mínimo miedo de que me cayera un rayo encima. De algo hay que morir.
Hoy están cayendo sobre Madrid todas las tormentas que no ha habido durante el resto del verano. Me siento dichosa (todo lo dichosa que puedo sentirme en este momento de mi vida).
La tormenta que resuena en el cielo es un perfecto reflejo de la que siento dentro de mi corazón. Con rayos que me parten y truenos que retumban en mis entrañas, incontrolables. Y no tengo pararrayos.

Laberinto

La entrada es sencilla, una ancha abertura en medio del seto de boj. Luego llega la primera decisión, a la izquierda o a la derecha. Giro a la izquierda y avanzo sobre césped sin cortar y rodeada de setos más altos que yo. Una pared me obliga a retroceder y girar a la derecha. Sigo avanzando despacio, intentando grabar en mi mente el recorrido que estoy siguiendo. Encuentro una nueva bifurcación y avanzo hacia un lado. Entro en un pasillo largo y curvado. Sé que cada vez estoy más cerca del centro, de mi objetivo. Otro seto enorme y mal cortado me obliga a torcer a la izquierda, y luego vuelvo a girar, y ya estoy desorientada del todo. Pero no puedo volver hacia atrás, sobre mis pasos, porque olvidé por dónde vine. No tengo ni idea de dónde está la entrada, así que sólo me queda seguir hacia delante. Cada vez más nerviosa y más deprisa. Girando sin pensar, siguiendo una intuición que creo que me está fallando. Agotada, me siento en el suelo. No puedo más. ¿Por qué no me avisaron de que el laberinto era tan complicado antes de entrar? Quizá nunca habría entrado. Quizá hubiese escogido el paseo recto rodeado de chopos. Pero ya no hay vuelta atrás. Estoy perdida. Y tendré que seguir adelante, por muy cansada que me encuentre, hasta llegar al centro o morir por agotamiento.