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jueves, 4 de septiembre de 2014

Anémonas de sangre




ANÉMONAS DE SANGRE

Estaba acodada en la barandilla de mi cabaña, contemplando el lago que se extendía como una sábana cubierta de nenúfares y rodeado por álamos, juncos y cañas. Las ranas hacía rato que croaban como locas. Mi vestido de flores se mecía con la brisa. Andaba  perdida en un mar de musarañas cuando oí una voz pero no entendí lo que decía. Giré la cabeza y vi a un joven alto, rubio, de hombros anchos y fuertes brazos que llevaba una extraña vestimenta; como una túnica corta salida de otra época.  “Otro pirado”, pensé, “,o el típico chulo de gimnasio luciendo musculito”.

─¿Cómo dices?
─Perdona, os preguntaba qué lugar es este.
─¿Pero cómo? ¿No sabes dónde estás?
─Desconozco este país, bella dama.

Ahí ya me mosqueé del todo. Después de observarle con la boca abierta, le espeté un “Anda y vete por ahí…” y me metí en la casa. Ningún chulo de gimnasio iba a tomarme el pelo. Precisamente había salido de la gran ciudad huyendo de este tipo de elementos.  Me senté en el sofá intentando leer un libro sin conseguirlo.
Al cabo de pocos minutos, llamaron a la puerta. No hice ni caso. Los golpes se hicieron más fuertes. Me puse a fumar y me acerqué a la ventana. El elemento estaba en la puerta.

─Disculpad, señora, pero necesito vuestra ayuda.  Me persigue un feroz jabalí. Necesito que me concedáis refugio.

Por unos momentos dudé. Su voz sonaba sincera. Casi temblaba al decir las últimas palabras.
Me acerqué a la puerta.

─¿Quién diablos eres?
─Perdonadme de nuevo, he sido descortés con vos. Me llamo Adonis, hijo de la desdichada Mirra.
Aunque he estudiado ciencias, sé lo suficiente de mitología griega para saber a quién se refería. Así que volví a cabrearme, cerré los puños con fuerza y grité.
─¡Oye capullo, ve a reírte de tu puta madre!

Siguió un largo silencio.
Su voz volvió a sonar, suave y entrecortada.

─Por favor, creedme. No os engaño. No sé cómo he llegado hasta vuestra morada. Como os digo, estaba cazando y comenzó a perseguirme un jabalí. Me introduje en una cueva y al surgir por el otro lado, me encontré en estos parajes…Necesito vuestra ayuda. De otra forma, creo que moriré.

Su voz era tan dulce, como una melodía grave y sensual, que mi cabreo se disipó y me dirigí hacia la puerta de la calle, casi hipnotizada, y le permití pasar.

─Gracias, hermosa dama.
Durante un rato estuvimos frente a frente, sin saber qué decir ni hacer.
─Disculpad, señora, ¿cuál es vuestro nombre?
─Alba ─casi tartamudeé.
─Un bello nombre para una bella dama.

Y me miró descaradamente de arriba abajo, volviendo a centrar su mirada azul en mis ojos. En otro momento y otro lugar del Universo le habría espetado alguna bordería, pero parecía que todas las leyes que regían mi  mundo se habían vuelto del revés. Se aproximó a mí, sus ojos fijos en los míos.  Yo aún permanecía inmóvil, hipnotizada. Posó sus labios en mi boca, rodeó mi cintura y me atrajo contra su cuerpo, duro y cálido. Nos tendimos  sobre la alfombra y mi vestido de flores y su túnica acabaron arrugados en un rincón. A continuación llegó una marea de besos, mordiscos, caricias y gemidos…
Nos interrumpieron unos fuertes golpes en la puerta que iban creciendo en intensidad… Hice intención de levantarme para abrir, pero Adonis me sujetó con fuerza al suelo, sonriendo divertido, se puso la túnica, y se dirigió a abrir la puerta.

Lo siguiente apenas lo recuerdo. Está confuso en mi mente. Sé que hay colmillos, y gritos, y sangre, y carne desgarrada. Luego todo se fundió en negro.  Cuando abrí los ojos, seguía desnuda, tumbada en la alfombra. La puerta estaba abierta y Adonis había desaparecido. En el umbral, a modo de felpudo, había crecido una planta de flores rojas que más tarde descubrí que eran anémonas.
Cuidé religiosamente la planta de rojas flores, hasta el fin de mis días. Y recordé a aquel joven que decía llamarse Adonis todas las noches en la soledad de mi cama, en la cabaña junto al lago.


Alicia Y.H.  25-5-14

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La Noche Encendida


En la emisora de radio Kiss Fm, emiten de lunes a viernes, de 9 a 12 de la noche, un programa llamado "La Noche Encendida", presentado por Enrique Marrón. Además de las canciones dedicadas y las historias de los oyentes, todas las noches emiten los relatos que son enviados por la audiencia.

Hacía un par de semanas que había enviado el relato "Oír Campanas" a dicho programa, cuando a mi bandeja de entrada de Gmail llegó el siguiente correo:                                          .

<

 Es uno de los mejores cuentos no solo que han llegado al programa. Sino que he leído jamás. Que maravilla. Si algún día hacemos un libro del programa, si nos dejas, tendrá preferencia :) En serio, enhorabuena. Será un placer leerlo esta noche entre las 22.20 y las 22.40 de la noche. Y ojalá nos envíes más con esa sensibilidad y originalidad que demuestras en este. Te esperamos.

 Un saludo
 Enrique
 LNE
 Kiss FM:>>


No podía creer lo que leía. Me sentí emocionada y halagada. Lo leí varias veces. Enseguida se lo dije a mis compañeros de la clase de manualidades, que se sintieron tan excitados como yo y prometieron poner la radio entre las 22.20 y las 22.40. Esa noche, a las 22.35, sonó el audio que viene a continuación:

sábado, 28 de marzo de 2009

Pilotando

Me coloco en el asiento del piloto. Sujeto los anclajes. Compruebo los indicadores. Todo correcto. Mi copiloto se arrellana a mi lado, y me mira, esperando mis órdenes. Respiro hondo un par de veces. Pulso el botón de encendido. Agarro los mandos. Mi piel comienza a transpirar. Me siento poderosa y frágil a la vez. Con dos mil toneladas de maquinaria bajo mis manos.

Ordeno subir la potencia regularmente hasta el nivel máximo. Siento la vibración bajo mis pies y mis dedos. Cuando llega al máximo, suelto los frenos, y la nave despega y cobra velocidad. Avanzamos por un estrecho túnel. La aceleración aumenta poco a poco, agarro los mandos con fuerza, voy girando y maniobrando, el recorrido es demasiado complicado para que lo haga el piloto automático, pero mis reflejos responden adecuadamente.

Veo que mi copiloto me mira de reojo de vez en cuando, preocupado. Yo no dejo de mirar hacia el frente, hacia esa oscuridad plagada de puntos brillantes, y poco a poco todo desaparece, no hay inseguridad, ni indecisión, sólo la nave y mis manos, y mi corazón palpitando a mil por hora, mientras voy sorteando obstáculos y torciendo ángulos imposibles. Y sé que el enemigo nos persigue, cada vez más cerca.

Indico a mi copiloto que arme el escudo protector, mientras surcamos el estrecho túnel a velocidades cada vez mayores, y el sudor aumenta en mi cuello y mis axilas, pero mi mirada sigue fija en el frente, y la nave prosigue sorteando obstáculos a una velocidad vertiginosa, la única que consigue que me olvide de tí, que olvide que con toda probabilidad tú estás ahí detrás, en la nave enemiga, pisándome los talones, y que te trae sin cuidado estar a punto de alcanzarme y aniquilarme. Yo sigo apretando los mandos a tope, velocidad máxima, máxima concentración, y al final del tunel veo una luz, un cielo casi azul, que significa la libertad, librarme de tí y llegar a un nuevo lugar...

Justo antes de atravesar la abertura hacia la luz, una explosión resuena tras de mí. Cierro los ojos, suelto los mandos. Sé que al final conseguiste atraparme. Y me rindo.




jueves, 26 de marzo de 2009

Te amo, te odio

Ya, ya sé que me dijiste un montón de veces que eras ave de paso, que no me hiciera ilusiones, que lo nuestro no duraría, pero yo no te creí, no suelo creer a nadie, yo sólo siento, tengo intuiciones, ¿sabes?, y contigo sentí que la cosa iba a funcionar, que iba a ser algo duradero, ya sabes, que seríamos de esas parejas que se aman y se odian durante años pero que nunca se separan, o se separan sólo temporalmente, y a veces él tiene sus aventuras por ahí, que yo hasta te hubiese perdonado tus rollos con otras mujeres, que te lo dije, ya sabes que soy liberal en ese aspecto, porque yo entiendo tus necesidades, un hombre ardiente y apasionado como tú, no se iba a conformar con una sóla mujer, si yo lo entiendo, soy muy comprensiva, pero qué va, ni siquiera quisiste que probáramos, y tú erre que erre, venga a decirme que lo nuestro era pasajero y que me olvidara de tí, y que no me acostumbrara, pero cómo te iba a hacer caso, cómo iba a ser parajera esa química entre las pieles, ese tacto eléctrico, esa subida de pulsaciones con solo mirarnos, que sé que tú también lo sentías, no me mientas; y no me mires así, por favor, con esos ojos tan fijos, que tú sabes que era tocarnos y la temperatura subía varios grados, que no necesitábamos ni hablar, que todo era piel contra piel y saliva y besos y caricias y horas y horas en la cama, pero tú luego te pegabas una ducha y te ibas, y yo me quedaba sola, ahí tirada sobre la cama, agotada, satisfecha, y no me quejaba, nunca me he quejado, porque sabía que al día siguiente, o a lo sumo a los tres días, volverías a mi casa y a mis brazos y a mi lecho, porque sabía que tú tampoco podías vivir sin mí, así que tienes que entenderme, y no me mires así, y dime algo, por qué estás tan callado, que no sé si estás de acuerdo con lo que te digo, no sé si me quieres o me odias, que nunca lo supe, ni siquiera cuando estábamos en el momento más apasionado, cerca del clímax, y me apretabas el cuello con fuerza y me mirabas fijamente, con la boca abierta, como ahora, siempre en silencio, yo entendiéndote por tus gestos, por el temblor de tus miembros, por la transpiración de tu piel, por algún gemido ocasional...

Y yo estaba dispuesta a seguir así, con tus visitas esporádicas, con nuestras interminables sesiones amatorias; hasta hoy, que llegaste y después de hacerlo durante horas, me dijiste que era la última vez, que no habría más, que no volverías, que te habías cansado de mí, y yo me quedé callada, y no dije nada, para qué, no era necesario, sabía que no te iba a hacer cambiar de opinión, solo me estremecí como si me hubiesen quitado el aire, y empecé a tiritar como si la temperatura hubiese bajado diez grados, y te miré fijamente, y me puse la bata de satén marrón que tanto te gusta y fui a la cocina, y abrí el cajón de los cubiertos, y cogí el cuchillo más grande que encontré, y cuando volví al cuarto tú seguías tumbado en la cama, los ojos cerrados, como solías hacer al acabar (agotado, jadeante, dejándome satisfecha pero deseando más de tí, siempre más), y alcé el brazo, sin saber muy bien lo que hacía, y dudé, te juro que dudé un instante, y justo cuando abriste los ojos, verdosos, soñolientos, mi mano cobró vida propia, y bajó de repente, yo no hice nada, te lo juro, fue la mano sola, que empujó al cuchillo que se hundió en tu carne, y mientras yo lloraba a lágrima viva, tu sangre manaba y mi mano seguía bajando una y otra vez sobre tu pecho, y el cuchillo se hundía, y se hundía...

Y ahora te contemplo, tan quieto, tan callado, tendido sobre mis sábanas verdes manchadas de sangre, mientras te hablo y tú no me dices nada (¿por qué no me hablas?), y miro tus ojos congelados en una mirada fija, y podría estar así para siempre, a tu lado, recorriendo tu pecho suavemente con mis dedos, esos pectorales que tanto me gusta acariciar, ahora manchados de rojo...

lunes, 26 de enero de 2009

Odisea rural

Apenas pude dormir aquella noche, entre los truenos y los relámpagos de la tormenta veraniega, y los nervios por la entrevista del día siguiente. Era mi primera entrevista de trabajo, recién acabada la carrera de informática, en una empresa de servicios informáticos, en pleno centro de Madrid. Muerta de sueño, di al interruptor de la lámpara de la mesilla y la luz no se encendió. «Volvieron a saltar los plomos, joer», pensé furiosa. La tercera vez en lo que iba de verano en este maldito pueblo. Con ayuda de una linterna, conseguí ducharme y desayunar un vaso de leche semidesnatada. Me vestí con mi único traje, comprado hacía dos semanas en Toledo, un traje de verano de chaqueta y pantalón color canela y blusa beige. Miré el reloj de la cocina y vi que iba a llegar tarde para coger el autobús de las siete de la mañana, el primero que salía de mi pueblo, Tocecanto del Pedernal, en dirección a la capital, así que caminé todo lo deprisa que pude por el camino medio asfaltado que separaba mi casa del pueblo, y justo antes de llegar a las primeras casas, tropecé con un pedrusco y caí al suelo de bruces con todo mi peso. Horrorizada, vi que el pantalón se había roto a la altura de la rodilla izquierda. «Bueno», pensé, «en el autobús lo remendaré con la aguja e hilo que suelo llevar en el bolso», que como dice mi madre, «mujer previsora vale por dos».

Llegué a la parada y me extrañó que no hubiera nadie, a pesar de ser lunes y faltar sólo diez minutos para que pasara el autobús. Me senté en el banco lleno de pintadas y pipas por el suelo y traté de calmarme respirando hondo. Pasaron cinco, diez, veinte y treinta minutos. A las siete y media, pasó el madrugador de Basilio, un pastor de ovejas ya jubilado, con su eterna boina y su garrota, y me anunció que hacía dos semanas que habían cambiado la parada de sitio, que ahora estaba tres calles más arriba. Así que como el autobús ya estaba perdido y bien perdido, decidí hacer autoestop, aunque no me gustaba nada de nada, pero siempre solía pasar algún conocido que iba a Toledo o a Madrid a currar, y me podrían llevar hasta el pueblo cercano, Almendral de la Cañada, por donde pasaban los autobuses con dirección a Madrid cada media hora.

Me fui hasta la salida del pueblo, junto a la iglesia, y media hora de espera después pasó un coche, conducido por Paulino, el hijo del carnicero, y me subí en él. Era una furgoneta blanca con un letrero en letras azules que decía: «Carnecería Gutiérrez», con más arañazos y abolladuras que zonas sanas. Avanzamos por la carretera llena de baches, que el alcalde se negaba a volver a asfaltar alegando la falta de presupuesto, que sin embargo aumentaba milagrosamente cuando se trataba de subir el sueldo a todo el consistorio, o cuando había que organizar las fiestas de San Antonio de Padua, patrono del pueblo, por todo lo alto. En uno de esos baches, que más bien era un socavón, la furgoneta dio un brinco y la rueda delantera derecha hizo un ruido extraño. “Joder, hemos pinchado”, dijo Paulino. Y se bajó de la furgoneta para arreglar el pinchazo, porque encima no tenía rueda de repuesto. Le dí las gracias amablemente por el corto recorrido y me encaminé por el arcén izquierdo hacia el pueblo cercano, total, me dije, sólo eran unos cinco kilómetros, aunque ya empezaba a hacer calor. Cuando por fin llegué a Almendral, unos 50 minutos después, estaba tan sucia por el polvo del arcén y tan sudorosa y con el pantalón roto además y era tan tarde, que lo único que se me ocurrió fue que no tenía que ir a aquella dichosa entrevista, porque con esas pintas sería un milagro que me cogieran. Así que llegué a la parada del autobús que iba en dirección a mi pueblo (esta vez me aseguré bien de que era esa la parada, preguntando a varias personas), y me senté a esperar, tan tranquila. Otra vez sería.


Luna de Agosto

(Y sigo...)

A menudo recuerdo aquella noche de agosto en que me invitaste a dar un paseo por el campo. Yo estaba tan nervioso y tú parecías tan tranquila. Habíamos estado en el pub del pueblo, hablando de nuestros sueños, tomando una caña tras otra, haciendo planes para irnos a Madrid, tú huyendo del pueblo que te asfixiaba y de las broncas de tus padres, yo pensando sólo en seguirte. Íbamos por el camino que lleva a la huerta del Comandante, cuando te paraste de pronto, mirando la luna llena enmarcada por dos álamos blancos. Así estuviste varios minutos que se me hicieron eternos. Te llamaba por tu nombre, pero no me oías. Entonces te volviste hacia mí y me miraste con una expresión extraña, tan serena, todas las facciones de tu cara relajadas, con una mirada como si estuvieras viéndome por dentro, sonreíste y dijiste «Así que esto es la eternidad, no está mal». No entendí nada, pero en ese momento supe que te amaba con locura. Tuve el impulso de besarte, pero sentí que te encontrabas a millones de años luz de mí, y era imposible alcanzarte. Luego te oí murmurar algo de que lo habías visto todo en un momento, como si no existieras, como si tú fueras todo y se hubiese parado el tiempo. Ni siquiera intenté comprenderte, sólo miraba tus labios moverse y tus ojos color avellana clavarse en mí y en la luna llena alternativamente.

Poco después te fuiste a Madrid a realizar tus sueños y no pude seguirte, liado con el negocio de mi padre, aquella tienda de comestibles que daba más deudas que beneficios. Por Laura, la única amiga del pueblo que conservaste, supe que al principio habías encontrado un buen trabajo en una floristería, pero que últimamente cambiabas de empleo cada pocos meses, que habías perdido casi por completo el contacto con tus padres, que andabas metida en jaleos de alcohol y drogas, y que llevabas una vida sexual desenfrenada. Cuando por fin pude irme a trabajar a Madrid, pasados un par de años, te busqué durante meses como un sabueso hasta que averigüé dónde vivías. Merodeé por tu calle muchas tardes, esperando verte. Un día te vi sentada en un banco, la cabeza apoyada en las manos, mirando el suelo fijamente. Me senté a tu lado sin decir nada. Alzaste la cabeza y me miraste con la misma expresión taladradora de aquella noche de luna, pero tenías ojeras, la cara demacrada y un rictus de amargura en la boca. Siempre en silencio, hiciste un amago de sonreír, y me diste un beso fugaz en los labios. Te levantaste despacio, como si no pudieras con el peso de tu cuerpo y te alejaste calle abajo, hasta desaparecer entre la gente.


lunes, 5 de enero de 2009

Vacío y agua


Cuando David salio por la puerta, Sandra se sintió vacía una vez más. Desnuda bajo la bata de raso, agotada, excitada, contradictoria y vacía: “…gitana que tú serás, como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguna se la queda…”. En su cabeza sonaba una y otra vez la dichosa canción.

Sandra aún sentía en la boca su sabor, después de un par de horas de ejercicio intenso en la cama. El mejor ejercicio que Sandra conocía. Era algo que no podía contar a sus amigas, ni por supuesto a su madre. Algo que la hacía sentirse segura, satisfecha… y vacía. Sintió una desazón en el centro del pecho que le subía hacia la garganta. Lo cortó a tiempo antes de que saliera. Agarró el abrigo negro, largo hasta los pies, que estaba colgado en la percha de la entrada, se lo puso encima de la bata, y salió a los tres grados centígrados de la calle sobre sus zapatos de tacón alto. Ya eran las once de la noche, pero sabía que la tienda de los chinos aún estaría abierta.

Entró en la tienda abarrotada de estanterías llenas de todo lo que Sandra podría necesitar. Detrás del mostrador estaba el dueño del establecimiento, un chino alto y atractivo, de sonrisa fácil. Le saludó sonriente y cruzó la tienda con seguridad hasta la nevera con puerta de cristal. Sandra cogió dos botellas de cerveza de un litro y las dejó en el mostrador. El chino estaba hablando por teléfono. Sandra deseó saber el idioma oriental para entender esa conversación que parecía tan interesante y animada. Sin dejar de hablar con su compatriota, el chino le dio el cambio (“cualenta céntimos”) y las gracias mirándole a los ojos. En el fondo de la tienda, la mujer del chino daba una papilla a su bebé.

Sandra salió de la tienda sintiéndose mal sin saber por qué. Algo le apretaba la garganta y no le dejaba respirar. Por la calle pasaron dos coches y un par de transeúntes abrigados hasta las cejas se cruzaron con ella por la acera. Subió corriendo a su piso, tan cálido por la calefacción. Sintió la cerveza tan fría recorriendo su garganta. Enfriando el calor insatisfecho que sentía entre las piernas. Sentada en el sofá verde, escuchando la tele sin saber qué decían (no era capaz de soportar el silencio y encendía la radio o la televisión en cuanto entraba en su casa), rellenó el vaso una vez más. Sandra intentó concentrarse en el color dorado y la espuma blanca de su vaso para no pensar. El sabor amargo que llenaba su boca le curaba de sus propias amarguras.

Recordó la conversación con David:
—¿Sales esta noche?
—No creo.
—Pero mujer, llama a tus amigos y sal.
—No tengo amigos. Los que tenía están muy ocupados con su propia vida.
—Ay, me estás deprimiendo. Bueno, me tengo que ir, he quedado para cenar con la peña.

Sandra guardó silencio. Le acompañó hasta la puerta y le dio un beso en los labios. Quizá el último.
—Sé buena —le dijo él a modo de despedida—, y sal por ahí...

Sandra sonrió de medio lado. “Sé malo…”, pensó.

Volvió a rellenarse el vaso de cerveza, ya se había acabado la primera botella. La televisión seguía echando imágenes sin sentido. Recordó que en el fregadero se amontonaban los platos sucios y las botellas vacías en un rincón de la cocina. En el dormitorio la ropa se apilaba en las sillas y los condones usados en el cesto de la basura.

Se levantó de un salto. Se desnudó, entró en el baño, abrió la ducha, y cuando el agua salía caliente, casi hirviendo, se metió dentro, cerró la mampara, y se dejó escaldar. Mientras el agua caía sobre ella, rompió a llorar, las manos apoyadas en la pared. Lloró a gritos bajo la ducha. Las lágrimas mezcladas con el agua. Sin pensar en nada, sin saber por qué lloraba. Solo necesitaba llorar. Su piel estaba colorada cuando sus lágrimas acabaron. Se puso el albornoz y se sentó en el sofá mirando la televisión sin ver nada. Sin sentir nada.


viernes, 2 de enero de 2009

Amanecer


Alba cogió la sopa de ajo con un cacillo y llenó la cazuela de barro. Se sentó en la mesa de la cocina con la cuchara de madera en una mano. Sopló para no quemarse la boca. Cuando se enfrió un poco, se tomó la sopa deprisa, como si alguien fuera a quitársela. No había acabado aún cuando oyó un gemido.

Se levantó corriendo y fue al cuarto de su madre. A la luz de la vela, la vio tendida en la cama, mirando hacia la puerta con los ojos muy abiertos.

— ¿Qué te pasa, madre?
— Nada, hija, nada…
— Te estabas quejando…
— Estoy bien, no te preocupes. Sigue cenando.

Alba volvió a la cocina para terminar su sopa. Luego fregó la cazuela y la cuchara en el barreño y lo puso a secar. Se sentó junto a la mesa de la cocina, abrió un cajón y sacó un cuaderno y un lápiz. Encendió otra vela, mojó la punta del lápiz con la lengua y empezó a escribir:

“Silvana suspiró mirando a su amado que se alejaba a lomos de un caballo blanco. No sabía si volvería a verle.”

Mordió el extremo del lápiz mientras miraba la vela. Otro gemido le sacó de sus pensamientos.

—Madre, ¿estás bien?
—Ay, hija, no me puedo dormir, siéntate un poco a mi lado.

Alba se sentó en el borde del colchón de lana, observando a su madre. Miró sus cabellos grises, sus arrugas alrededor de la boca, el temblor de sus manos. A su madre le temblaban las manos como si sufriese un terremoto constante. No podía agarrar nada sin que se moviese en el aire peligrosamente. Su madre le pasó la mano por la cara. Dedos nudosos y ásperos. Alba cerró los ojos. Sentía un nudo raro en la garganta. Se levantó diciendo que tenía que recoger la cocina. Volvió a sentarse a la mesa y cogió el lapicero:

“Silvana vio alejarse a su amado a lomos del caballo blanco. Se sentó a orillas del lago de aguas azules y contempló extasiada las carpas rojas que lo habitaban.”

Alba se paró mordiendo el lápiz, pensativa. Luego tachó todo lo que había escrito hasta casi romper el papel. A lo lejos, el reloj de la iglesia dio doce campanadas. Alba suspiró, dejó el lápiz, abrió la puerta, salió fuera. La luna llena brillaba más que nunca en todo lo alto. La helada nocturna estaba escarchando la hierba. Alba empezó a tiritar mientras miraba la luna y una humareda le salía de la boca. Hasta que oyó un quejido.

- Madre, ¿qué te pasa?
- Ay, hija, no puedo respirar.
- Pero madre…
- Sí, tengo un dolor en el pecho…
- A ver, tranquila, madre, intenta respirar hondo…

Alba le dio unos masajes en el pecho y los brazos, sobre el camisón de franela. Cuando su madre se tranquilizó, volvió a la cocina. Miró la hoja tachada con furia. Movió el lápiz entre los dedos. Mojó la punta del lápiz con la lengua. Y no le salían las palabras.

El canto de un gallo la despertó. Se había quedado dormida sobre la mesa de la cocina. Se frotó los ojos y estiró los brazos. Las dos velas estaban consumidas del todo. Miró por la ventana el amanecer que ponía roja la nieve de las montañas. Bostezando, fue al cuarto de su madre. Se quedó quieta en la puerta. Vio que respiraba tranquila, con un ligero ronquido. Dio media vuelta, recorrió el pasillo, llegó a la puerta de la calle, quitó el cerrojo de hierro, empujó la puerta que rechinó y salió al frío de la mañana. La escarcha cubría la hierba, el vaho salía de su boca. A lo lejos se veían las montañas incendiadas. Alba deseó estar al otro lado. Escuchó un ronquido un poco más fuerte detrás de ella. Alba se puso una chaqueta de pana gruesa, pisó la escarcha y avanzó por el camino helado.


viernes, 14 de noviembre de 2008

Mi mascota

Cuánto quería a mi ratón blanco. Era mi mascota. Me pongo triste cuando pienso en él. Pero ahora quiero mucho al gato Negro. Es tan listo que a veces me asusta. Parece que adivina lo que pienso.
Al ratón blanco le puse de nombre Miki. Como el de los dibujos animados. Me lo regalaron por mi cumpleaños. Y lo llevaba siempre en el bolsillo de mi cazadora. Todas las mañanas a las 7, después de levantarme y afeitarme y vestirme, lo sacaba de su jaula y lo metía en el bolsillo de la cazadora. Luego salía a la calle con Miki en el bolsillo, tan calentito y moviéndose de vez en cuando.
Mi trabajo es fácil. Cuando llego a la tienda, todavía es de noche, pero ya está allí la furgoneta con las frutas y las verduras. Cojo el carrito y voy sacando las cajas y colocándolas amontonadas en el callejón, detrás de la tienda. Cuando ya están todas ahí colocadas, llega mi jefa, Maruja, y me ordena que vaya colocando la mercancía. “Chema, ya está todo, vete colocando la mercancía”, así me dice. Así que voy sacando las naranjas, las mandarinas, las manzanas, las setas, las coles, los calabacines, las lechugas, los pimientos y todo lo demás de las cajas de madera y lo voy colocando en las cajas de plástico de dentro de la tienda, y en las que hay en la puerta, dando a la calle, para que la gente las vea. Las coloco bien ordenaditas, sin amontonarse para que se vea bien cada fruta y cada verdura. Curro en ServiFruta, que es como un autoservicio, pero de frutas y verduras. Es un trabajo que me gusta. Es fácil. No tengo que pensar. Sólo colocar todo con paciencia. Cuando todo está colocado, le pido permiso a la jefa y me voy al callejón para sentarme en una caja de manzanas vacía.
Cuando llevaba a Miki en el bolsillo de la cazadora, lo sacaba y lo ponía en la mano y le daba besitos en el hocico y se me subía por la manga y los hombros y la cabeza. De otro bolsillo sacaba una hoja de lechuga, o un puñado de garbanzos, o de alubias, o de cacahuetes, y Miki bajaba corriendo de mi cabeza y se ponía a comer en mi mano. Me gustaba verle coger la comida con sus dos patitas delanteras y ver cómo se lo iba comiendo. Me parecía tan listo, con esa agilidad y esa rapidez y lo bien que cogía las cosas con las manitas, casi como si fuera una persona. Cuando oía un grito de Maruja tenía que guardar a Miki deprisa en el bolsillo y volver al curro.
Un día, mientras estaba dando de comer a Miki, vi que asomaba Negro debajo de unas cajas. Negro es el gato vagabundo del callejón. Es negro como la noche. Por eso le puse de nombre Negro. No era de nadie, así que yo le puse el nombre. Solía darme miedo, porque se me quedaba mirando con sus ojos amarillos, fijamente. Y luego miraba a Miki. Se le quedaba mirando muy quieto, los ojos muy abiertos, sin parpadear. Creo que Negro tenía hambre. Oí gritar a mi jefa justo detrás de mí, “Chema, maldita sea, otra vez en las nubes; venga, al trabajo, leches”. Asustado, me guardé muy deprisa a Miki en el bolsillo y fui a colocar unas cajas de chirimoyas y otra de mandarinas y luego me puse a amontonar unas patatas que se habían caído al suelo. Cuando acabé, volví al callejón. Palpé en el bolsillo, y estaba vacío. Busqué en todos mis bolsillos, pero Miki no estaba. Mi corazón empezó a latir muy deprisa y me temblaban las manos y me puse a buscar debajo de todas las cajas y por todos los rincones, y le llamaba, “Miki, Miki”, pero claro, era sólo un ratón y creo que ni siquiera sabía que se llamaba Miki. Así que me senté en un cajón de fruta a esperar a ver si salía. Pasaron unas tres horas. Mi jefa salió a decirme que ya había acabado mi horario de trabajo, que me podía ir a casa. Pero me quedé sentado. “¿Eres imbécil, Chema?, te he dicho que te vayas a casa”, me repitió. “Sí, jefa”, le dije, pero no me moví. Mi jefa resopló, hizo un gesto con la mano y se fue por el callejón. Yo me subí bien la cremallera de la cazadora hasta arriba y me puse a esperar. Cada vez hacía más frío, y eso que sólo era octubre. En octubre no suele hacer tanto frío.
Creo que me quedé medio dormido, pero me desperté al oír un ruido. Cuando abrí los ojos, vi a Negro saltando sobre algo blanco y pequeño. Lo cogió con las patas y lo levantó, y lo dejó caer, y lo volvió a levantar, y lo cogió con la boca, y lo soltó, y se agachó y se quedó quieto mirando la cosa pequeña y blanca. Entonces me di cuenta de que esa cosa pequeña y blanca era Miki. Miki se movió, y Negro otra vez se tiró encima de él, y le atrapó con sus patas, y se quedó quieto sobre él, y Miki chilló. Negro levantó una pata y le dio golpecitos, como si quisiera quitarle el polvo. Luego se fue para atrás. Miki volvió a moverse hacia las cajas de fruta, mientras Negro le seguía mirando, moviendo las patas de atrás, pero sin moverse del sitio, y agitaba el rabo, y sin quitarle ojo a Miki. Yo no sabía qué hacer. No podía ni moverme. Miraba a Negro y a Miki con la boca abierta.
Miki estaba a punto de esconderse debajo de una caja con manzanas medio podridas cuando Negro saltó sobre él. Lo cogió con los dientes y no lo soltó. Le vi apretar y apretar, y Miki dejó de moverse. Lo último que vi de Miki fue su blanco rabo entre los dientes de Negro. Entonces cerré la boca y me levanté y me fui a casa.
La mañana del día siguiente vi la jaula vacía de Miki y le eché de menos. Me vestí y me fui a ServiFruta, como cada día. Descargué la mercancía de la furgoneta, la coloqué en las cajas bien colocada y ordenada, como todos los días, y cuando acabé y mi jefa me dijo que podía descansar me senté en el callejón, en una caja de fruta, como todos los días. Pero no tenía a Miki en el bolsillo y no supe qué hacer con mis manos. Volví a echarle de menos. Y me metí las manos en los bolsillos de la cazadora. Entonces vi a Negro que venía por el otro lado del callejón. Venía hacia mí derechito. Se paró delante de mí, se sentó y se puso a mirarme con esos ojos amarillos que antes me daban miedo, mientras movía la cola. Pero esta vez no me dieron miedo. Recordé que la noche anterior Negro se había comido a Miki. Yo lo había visto todo. Había jugado con él, y luego lo había atrapado y se lo había comido. Pobre Miki. Y qué gato más listo, pensé. Y yo creía que Miki era listo. Pero Negro es más listo aún. Por eso se lo comió. Mientras mi jefa Maruja me gritaba que volviera al curro, decidí que de ahora en adelante Negro sería mi mascota. Aunque seguramente no cabría en la jaula de Miki.



viernes, 7 de noviembre de 2008

El paso del "chumino"

Era la primera vez que entraba en una cueva no acondicionada para visitas. Y la única razón era porque me gustaba el chico que llevaba el grupo de espeleología de mi facultad. Se llamaba Miguel. Y no encontré una forma mejor de llamar su atención que uniéndome al grupo. A pesar de que sentía miedo de meterme por esas profundidades. Así que sin dudarlo me apunté a la visita de la cueva, no recuerdo ni su nombre, pero creo que estaba por Guadalajara.
Al llegar nos pusimos los monos (yo uno azul que era de mi padre albañil), y los cascos con el carburo para iluminar el camino. Bajamos a la cueva por una cuerda. Éramos unas 8 personas, y yo procuraba no alejarme mucho de Miguel, y charlar de cualquier cosa. La cueva era húmeda, de arcilla, y a menudo teníamos que arrastrarnos por el suelo. Muy pronto mi mono azul se volvió rojo. Pasamos por salas enormes con estalactitas y murciélagos y laguitos en el centro. Atravesamos túneles por donde había que pasar a gatas o arrastrándonos. El guía, Santiago, que era profesor de Circuitos Electrónicos, llevaba el plano y nos iba indicando el camino. Hasta que llegamos a un pasadizo bastante especial. En el plano lo llamaban “el paso del chumino”, y pronto comprobamos por qué. Era estrecho y alargado. Más ancho en el centro y más estrecho junto al suelo y el techo. Era imposible pasar de pie, había que atravesarlo de lado, apoyándose con un brazo en la parte estrecha y procurando llevar el cuerpo por la zona ancha. La ida fue bien. Todos pasamos sin ningún problema. Pero a la vuelta…

A la vuelta yo estaba agotada. Habíamos estado unas 4 horas caminando, arrastrándonos, trepando. Fuimos entrando de nuevo por “el paso del chumino”. Mis compañeros lo hicieron sin ningún problema. Yo entré, apoyándome sobre mi brazo izquierdo, pero mi cansancio era tan grande que mi brazo no soportó mi peso y caí. Mi cuerpo quedó encajado en la zona inferior, tan estrecha. Por más que lo intentaba, no podía ni desencajarme ni alzarme hasta la zona más ancha del túnel. No podía avanzar. Me entró el pánico. Pensé que me quedaría encajada allí para siempre, bajo metros y metros de tierra arcillosa, que me moriría por inanición, que nadie podría ayudarme. Sentí una horrible claustrofobia por primera vez en mi vida.
Pero Santiago, que venía justo detrás de mí, me dijo que me tranquilizara, que ahí no me iba a quedar. Pasó arrastrándose sobre mí, y tiró de mis brazos mientras yo empujaba con mis agotadas piernas. Creo que la fuerza me vino de la cabeza y del deseo de supervivencia más que de los músculos. Poco a poco, centímetro a centímetro, fui saliendo del paso del chumino. Cuando lo conseguí y llegué a la sala de los murciélagos, me sentí como si hubiese nacido de nuevo. Fue como un parto (nunca mejor dicho). Me dolía todo el cuerpo (al día siguiente tuve agujetas en músculos que ni sabía que existían), pero me sentía feliz, viva y poderosa. De la sala de los murciélagos, seguimos avanzando hasta salir al exterior. Ya era noche cerrada, y una enorme luna llena lucía sobre una encina centenaria. Era la luna más bonita que había visto en toda mi vida. Parecía que sólo me iluminaba a mí. Allí estaba yo, con el mono rojo por completo, hambrienta, con todos los músculos doloridos, y satisfecha de mi misma. Ni siquiera presté atención a Miguel, que se iba quitando su casco y su mono. Sólo podía sentirme como recién nacida. Fuerte, libre, poderosa, mirando fijamente la luna llena y respirando el aire libre. Había vuelto a nacer en cierta forma. No volví a entrar en ninguna cueva más.


Basado en hechos reales: Fotos de la cueva.


miércoles, 1 de octubre de 2008

La loca de los gatos

A Sandra Lagos le dieron a elegir entre sus gatos y su casa. Sandra no tardó ni una décima de segundo en decidir que prefería a sus gatos. Firmó todos los papeles que le presentaron sin leerlos, y casi a medianoche recogió unas pocas pertenencias en una mochila, habló seriamente con Merry, Tuso y Cluny y salieron por la puerta de su casa para no volver nunca más.
Sandra y sus gatos se dirigieron al parque que había detrás de su antigua casa. Buscaron un banco no muy sucio y con unos cartones se hizo un lecho. Sus tres gatos se tumbaron sobre ella para darse calor.
Otras noches, cuando hacía frío o llovía, entraban en un cajero, o en un portal que había quedado abierto, y allí pasaban la noche resguardados.

De día, Sandra se sentaba en un banco o en el suelo si no encontraba un banco libre, y hacía dibujos a carboncillo de figuras felinas, los exponía a su alrededor y los vendía entre los transeúntes. Gatos al acecho, gatos en reposo, gatos durmiendo, gatos observando la nada, leopardos sobre un árbol, tigres relajados, leonas cazando a su presa. Se vendían bien. Así conseguía comida para ella y pienso para sus gatos.
De vez en cuando, a Merry, Tuso y Cluny se les añadían algún gato callejero nuevo. Se olisqueaban entre ellos mutuamente, saludándose, y todos seguían a Sandra Lagos, por calles, parques y plazas. La gente solía llamarla la loca de los gatos.
Pasaron muchos años. A Sandra se le puso el pelo blanco, vestía ropas casi andrajosas pero de colores chillones y cojeaba ligeramente. Merry, Tuso y Cluny ya eran muy ancianos. Merry apenas comía, estaba en los huesos y su pelo era áspero y sus ojos estaban sin brillo. Sandra supo que Merry estaba a punto de morir. Le abrazó con fuerza.

Sonó un claxon justo al lado de la ventana. A continuación, el despertador empezó a emitir su irritante pitido. Sandra se despertó sobresaltada. Tuso estaba sobre la almohada de al lado, Cluny a sus pies, y Merry plácidamente dormido contra su cara. Sandra se echó a llorar desconsoladamente.


Dedicado a Merry, Tuso y Cluny


miércoles, 17 de septiembre de 2008

Limpieza

Armada con destornillador y paciencia, emprendo la tarea. Con una banqueta para subirme a las alturas, y un martillo por si algún tornillo se resiste.
Comienzo a quitar el primer tornillo, que se resiste y tengo que ejercer un poco más de fuerza, pero acaba por ceder y se desenrosca y cae en mi mano y luego al suelo, y el panel de madera se desprende. Sigo con el segundo, tercero, cuarto tornillo, uno a uno cayendo al suelo, inservibles.
Empiezo a estar empapada en sudor, así que me desprendo del jersey, como me estoy desprendiendo de los viejos tornillos.
Poco a poco, quito las puertas y las baldas, sólo permanece la estructura, firme aún, apoyada contra la pared, resistiendo. Mis gatos curiosos se suben a los estantes, olisquean, buscan, se aburren por fin.

Me paro unos minutos para tomar aliento. La tarea es más ardua de lo que había pensado, pero la música rock de la radio me anima a seguir, y después de tomar un vaso de agua con limón continúo la tarea.
Las baldas y las puertas se van acumulando en el pasillo, esperando su momento de ser depositadas en la acera, junto al contenedor de basura, inútiles, vacías. Los paneles de haya (quizá sólo es contrachapado, quién sabe) no pesan mucho, pero mis brazos no están acostumbrados al ejercicio físico.

Por fin la pared aparece vacía, tal como la había imaginado. Blanca. Polvorienta. Telarañas grises cuelgan reproduciendo la silueta del antiguo mueble. Termino la faena quitando todo rastro de telarañas y polvo y paso la fregona por el suelo. Ahora sí, ahora ya queda un espacio vacío para poder ser ocupado.
Me paro a contemplar mi obra. Respiro hondo, muy hondo, noto como si me hubiese quitado un peso de encima. Un gran peso. Sonrío a la blanca pared. Enseguida suena el timbre. Son los de Ikea, trayendo los muebles nuevos.
Me atuso el pelo, me limpio el sudor de la frente y abro la puerta a lo nuevo.


viernes, 12 de septiembre de 2008

El gato y el cohete

Antes tenía miedo de que llegara la noche porque no podía dormir y oía al gato maullar lastimeramente bajo mi ventana cuando había luna llena.
El gato era gris y blanco como la cara de la luna y le gustaba sentarse bajo mi ventana sobre la hierba húmeda de rocío, al pie del ciruelo que mi abuelo plantó junto a la tapia del jardín. Cuando le oía me ponía mi jersey de lana morada para no tener frío y me asomaba; el gato se callaba y me miraba con sus brillantes ojos, como dos linternas pequeñas y verdes, y parpadeaba mirándome. Yo sentía un escalofrío y me rascaba la barba y empezaba a temblar.

Una noche que no podía dormir oí en la radio que tengo en mi mesilla de noche que Europa iba a lanzar su primer cohete espacial a la luna. Lo estaban terminando de construir en algún lugar secreto y pronto estaría listo. El comentarista de la radio dijo que corría el rumor de que no iban a mandar el cohete vacío, sino que dentro viajaría un ser vivo. No sabían si sería un perro, un mono o una rata blanca de laboratorio.
A partir de esa noche, vi al gato gris y blanco sentarse bajo mi ventana más a menudo mirando a la luna y maullando con más fuerza y durante más tiempo. Se tiraba toda la noche y yo permanecía en la ventana mirando al gato y a la luna y entendía perfectamente lo que decía. Decía que quería ir a la luna.
Se lo conté a mis sobrinos y se rieron mucho de mí y dijeron que estaba pirado. Mis sobrinos se suelen reír mucho conmigo pero no me preocupaba porque me gusta verles tan contentos oyendo mis historias.
A la mañana siguiente mi hermana me llevó al médico. El médico dijo que siguiera tomando las dos pastillas diarias, una por la mañana y otra por la noche y me explicó con palabras sencillas que permanecer estable es bueno y que para seguir así no debería mirar tanto a la luna.
La noche siguiente había luna llena pero no había visto al gato. Me acosté pronto sin asomarme a la ventana, como me aconsejó el médico, pero de madrugada me desperté muy nervioso, con la boca seca y el corazón latiendo muy rápido, me bebí dos vasos de agua seguidos, puse la radio y oí que el cohete ya estaba listo para ser enviado a la luna. Me asomé para buscar al gato, y no le ví por ninguna parte. Por la radio seguían retransmitiendo el lanzamiento. Mientras miraba por la ventana vi una estrella brillante que se movía junto a la luna unos segundos y luego desapareció.

Han pasado varias semanas desde que lanzaron el cohete a la luna y no he vuelto a ver al gato gris y blanco. Los científicos y los expertos dicen que ha sido todo un éxito, que el cohete llegó a la luna sin novedad, que aterrizó por control remoto, que bajó un robot para explorar la superficie lunar y coger muestras y luego por control remoto también volvió a despegar y entró en la atmósfera terrestre y amerizó. Dicen que el robot sufrió un desperfecto y no pudo volver al cohete y se quedó en la luna para siempre.
Ahora antes de irme a dormir me asomo a la ventana todas las noches y cuando hay luna llena la observo atentamente durante un largo rato, procurando que mi hermana no me vea, y siempre, siempre, veo un par de luces más brillantes, casi verdes, en medio justo de la cara gris y blanca de la luna, que se encienden y se apagan como si parpadearan. Y ya no tengo miedo.


lunes, 4 de agosto de 2008

Así estoy yo sin ti

El ventilador gira sin cansarse. La ventana está cubierta por unas cortinas doradas, atravesadas por rayos de sol. Un gato gris duerme en la butaca verde. La joven teclea de forma veloz en el portátil, sin mirar las teclas. La vista fija en la pantalla. El ceño fruncido. Los labios apretados. La tele emite imágenes de una película de aventuras, típica de la programación veraniega. La joven tiene el portátil sobre las piernas desnudas. Sólo lleva un vestido de tirantes, muy corto, azul con flores rosas sobre el pecho. Se detiene de vez en cuando, y mira la tele, y mira al gato durmiendo. Y vuelve a teclear. Su expresión va cambiando poco a poco, se dulcifica. Las arrugas de su frente desaparecen, los labios se relajan. Cuando termina de escribir, lee lo escrito detenidamente, durante mucho rato. Recorre la pantalla del portátil con la vista, una y otra vez. Suspira. Sus ojos se humedecen y una lágrima brota del lagrimal derecho. Pulsa la tecla intro y lo que estaba en la pantalla desaparece. Ha enviado un correo electrónico.


La persiana está bajada del todo, el cuarto lleno de estanterías con libros está en semipenumbra. Un joven está tendido en la cama, sin camiseta, mirando al techo fijamente. Apenas pestañea. Su frente brilla por el sudor. Suena una canción de Sabina en la minicadena:

«…inquieto como un párroco en un burdel,
errante como un taxi por el desierto,
quemado como el cielo de Chernobil,
solo como un poeta en el aeropuerto...
así estoy yo, así estoy yo, sin ti…»

En un rincón, sobre una mesa, está el ordenador, con su pantalla plana y la torre al lado. En el monitor hay un salvapantallas con imágenes de bosques y montañas, que van cambiando sucesivamente, en silencio. De pronto, el ordenador emite un bip bip y el salvapantallas desaparece. El joven tarda unos segundos en reaccionar. Levanta un poco la cabeza mirando el monitor. Luego se endereza de golpe y salta de la cama para sentarse en la silla con ruedas, junto a la mesa. Su respiración está agitada. Tiene las manos sobre las piernas. Mira fijamente la pantalla, como antes miraba el techo. Levanta la mano un par de veces en dirección al ratón y vuelve a dejarla sobre la pierna. Tiene una expresión mezcla de sufrimiento y esperanza en la cara.

Al fin agarra el ratón y pulsa el botón derecho. Un largo texto aparece en la pantalla. El joven comienza leyéndolo con el ceño fruncido y los labios semiabiertos. A medida que va leyendo, su frente se relaja y los labios se cierran hasta formar una sonrisa. Suspira. Sus ojos se humedecen y una lágrima cae de su lagrimal izquierdo.