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domingo, 30 de noviembre de 2008

Vaya, otro mal día.

Y yo sigo con esta manía de anunciarlo a los cuatro vientos.

Me falta algo.
¿Qué es lo que puede faltarme?
Siento un vacío, en el centro del pecho.
Un hueco grande y profundo como un agujero negro.

Mi piel me escuece.
Siento hormigueos por todo mi cuerpo.
Creo que me desintegraré de un momento a otro si nadie me sujeta.


Será eso lo que necesito.
Que me sujeten. Que me abracen.
Para no desintegrarme por completo.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Hay que estar preparados















No suelo poner escritos que no sean míos, pero este poema se lo merece. Me lo acaba de mandar una amiga y maestra (en muchos sentidos), Berna Wang:


Hay que estar preparados, dices, para lo que va a suceder.

¿Cómo?

Podemos mirar el pronóstico del tiempo
(tal vez incluso el horóscopo),
dedicar los días a preparar paraguas e impermeables,
hacer que reparen las tejas rotas,
pavimentar los caminos de tierra
que tendremos que recorrer.

Podemos imaginar con todas nuestras fuerzas
cómo será cuando llueva (y dejar, mientras tanto,
de disfrutar del sol
que resplandece ahora mismo en la plazuela)
para hacernos una idea (¡una idea!) de cómo será y qué haremos

Pero cuando la lluvia llegue
habrá igualmente
agua, salpicaduras, barro,
y el sol estará cubierto por las nubes;
será así, no una idea, y tal vez ni siquiera se parezca a lo que habíamos imaginado.

¿Qué haremos entonces?

¿Encerrarnos en casa e imaginar cómo será cuando deje de llover
para así dejar de sentir la humedad en el aire?
¿Mirar el pronóstico del tiempo,
el horóscopo, para saber cuándo va a salir el sol de nuevo?
¿Imaginar cómo es un día de sol resplandeciente y qué haremos entonces?


jueves, 27 de noviembre de 2008

Luna nueva

Que parte de cero y se va llenando poco a poco.

Necesito tus influjos ahora...
Otro mal día.
Lo poco bueno que había conseguido, peligra.


Estoy tan cansada de luchar tanto para nada...


Es tarde. La noche es larga. No quiero dormir.
No quiero desaparecer. Solo sentir.

Ahora quiero desaparecer.
Quiero otra vez desistir.
Al otro lado de la ventana, noche y hielo.



Quiero estar congelada.
Para no sentir...


















Silencio...
Oscuridad...
Humo y alcohol...
¿Por qué siempre tan sola?
¿Por qué siempre tan amargada?

Más silencio...
Más oscuridad...
Más humo y alcohol...

La piel a flor de piel.
La sed al borde del llanto.
La almohada dura contra la pared.

Sigue el silencio...
Sigue la oscuridad...
Sigue el humo y el alcohol...
Me imagino acurrucada, entre tus brazos, cuando te encuentre.
Imagino tus brazos que me rodean.
Casi siento tu calor que me envuelve.
Me imagino tu sonrisa, mi sonrisa, nuestras mentes sin pensamientos.

Y un cuchillo que nos atraviesa, y sangre que brota, y dolor y llanto.

Lágrimas rojas caen por mis mejillas mientras te miro. Y no entiendo nada...

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mal día

Malo, muy malo, de principio a fin, a pesar de no ser martes. Y eso que todo me va bien, menos lo que más me importa. O creo que debería importarme.
Buscándote sin saber si existes, buscándome sin saber si hay alguien más dentro de mí. Aullando a la luna menguante y desollándome el corazón.
Uno de esos días que siento que mi asistenta me desprecia, que mis gatos me odian, que mi jefe me detesta. Que el invierno y el frío nunca acabarán.

Que acabe ya este día, y que no vuelva.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Os aseguro que estaba de buen humor cuando subí al autobús 27. Había pasado una jornada laboral tranquila y me dirigía a casa (hogar, dulce hogar). Me sentía casi eufórica. Pero bastaron una decena de paradas a lo largo de la castellana, y un par de canciones de Sabina para que mi ánimo cayera bajo cero, exactamente igual que la temperatura exterior. Cuando me bajé del autobús 49, ya de noche y bajo la lluvia, me sentía casi deprimida, sólo deseando llegar a casa, descalzarme, poner la calefacción y tomar algo que me animara. Qué forma más rápida y desconcertante de cambiar que tienen las emociones algunas veces. ¿O esto sólo me pasa a mí?

sábado, 22 de noviembre de 2008

Tenis

El tenis español es algo más que Nadal, hoy ha quedado demostrado después de que Feliciano (ayssss, mi paisano) y Verdasco machacaran al dúo argentino.
Como dije en otro post( Dividida ) , Feliciano siempre me ha gustado (y no sólo por lo guapo que es), pero Nadal ensombrecía a todos los demás. Ahora (gracias a la lesión de Nadal - maldita lesión, por otra parte) estoy siendo consciente de los buenos tenistas que tenemos en España, y de que no vamos a necesitar a Nadal (aunque me hubiese encantado verlo jugar y ganar a Nalbandián, por ejemplo), para ganar a Argentina y llevarnos la tercera ensaladera de la Davis.
¡¡¡VAMOS FELI!!! ( y qué bueno está el chaval, no sé si lo había dicho ya)

lunes, 17 de noviembre de 2008

Esperando

Sandra Lagos se sienta en la parada del autobús. Y espera. Espera durante mucho rato. Al principio está tranquila, pero poco a poco se impacienta. Cuánto tarda en llegar el maldito autobús. Por fin, a lo lejos, ve aparecer un bus rojo. Sandra suspira, por fin, piensa mientras se incorpora. El autobús se acerca, Sandra ve el número, y no, no es el suyo. Vuelve a sentarse.
Sigue esperando. Pasan uno, dos, hasta tres autobuses. Verdes, rojos y amarillos. Ninguno es el suyo. Sandra se desespera. Tiene la sensación de que va a estar toda la vida allí sentada, bajo aquella marquesina, en medio de la nada, esperando a un autobús que nunca llegará. Aún así, sigue esperando.
Cierro la puerta, apago el móvil, descuelgo el teléfono, cierro las ventanas, corro las cortinas, apago todas las luces de la casa, me meto en la cama, cierro los ojos, pero no desaparezco.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Mi mascota

Cuánto quería a mi ratón blanco. Era mi mascota. Me pongo triste cuando pienso en él. Pero ahora quiero mucho al gato Negro. Es tan listo que a veces me asusta. Parece que adivina lo que pienso.
Al ratón blanco le puse de nombre Miki. Como el de los dibujos animados. Me lo regalaron por mi cumpleaños. Y lo llevaba siempre en el bolsillo de mi cazadora. Todas las mañanas a las 7, después de levantarme y afeitarme y vestirme, lo sacaba de su jaula y lo metía en el bolsillo de la cazadora. Luego salía a la calle con Miki en el bolsillo, tan calentito y moviéndose de vez en cuando.
Mi trabajo es fácil. Cuando llego a la tienda, todavía es de noche, pero ya está allí la furgoneta con las frutas y las verduras. Cojo el carrito y voy sacando las cajas y colocándolas amontonadas en el callejón, detrás de la tienda. Cuando ya están todas ahí colocadas, llega mi jefa, Maruja, y me ordena que vaya colocando la mercancía. “Chema, ya está todo, vete colocando la mercancía”, así me dice. Así que voy sacando las naranjas, las mandarinas, las manzanas, las setas, las coles, los calabacines, las lechugas, los pimientos y todo lo demás de las cajas de madera y lo voy colocando en las cajas de plástico de dentro de la tienda, y en las que hay en la puerta, dando a la calle, para que la gente las vea. Las coloco bien ordenaditas, sin amontonarse para que se vea bien cada fruta y cada verdura. Curro en ServiFruta, que es como un autoservicio, pero de frutas y verduras. Es un trabajo que me gusta. Es fácil. No tengo que pensar. Sólo colocar todo con paciencia. Cuando todo está colocado, le pido permiso a la jefa y me voy al callejón para sentarme en una caja de manzanas vacía.
Cuando llevaba a Miki en el bolsillo de la cazadora, lo sacaba y lo ponía en la mano y le daba besitos en el hocico y se me subía por la manga y los hombros y la cabeza. De otro bolsillo sacaba una hoja de lechuga, o un puñado de garbanzos, o de alubias, o de cacahuetes, y Miki bajaba corriendo de mi cabeza y se ponía a comer en mi mano. Me gustaba verle coger la comida con sus dos patitas delanteras y ver cómo se lo iba comiendo. Me parecía tan listo, con esa agilidad y esa rapidez y lo bien que cogía las cosas con las manitas, casi como si fuera una persona. Cuando oía un grito de Maruja tenía que guardar a Miki deprisa en el bolsillo y volver al curro.
Un día, mientras estaba dando de comer a Miki, vi que asomaba Negro debajo de unas cajas. Negro es el gato vagabundo del callejón. Es negro como la noche. Por eso le puse de nombre Negro. No era de nadie, así que yo le puse el nombre. Solía darme miedo, porque se me quedaba mirando con sus ojos amarillos, fijamente. Y luego miraba a Miki. Se le quedaba mirando muy quieto, los ojos muy abiertos, sin parpadear. Creo que Negro tenía hambre. Oí gritar a mi jefa justo detrás de mí, “Chema, maldita sea, otra vez en las nubes; venga, al trabajo, leches”. Asustado, me guardé muy deprisa a Miki en el bolsillo y fui a colocar unas cajas de chirimoyas y otra de mandarinas y luego me puse a amontonar unas patatas que se habían caído al suelo. Cuando acabé, volví al callejón. Palpé en el bolsillo, y estaba vacío. Busqué en todos mis bolsillos, pero Miki no estaba. Mi corazón empezó a latir muy deprisa y me temblaban las manos y me puse a buscar debajo de todas las cajas y por todos los rincones, y le llamaba, “Miki, Miki”, pero claro, era sólo un ratón y creo que ni siquiera sabía que se llamaba Miki. Así que me senté en un cajón de fruta a esperar a ver si salía. Pasaron unas tres horas. Mi jefa salió a decirme que ya había acabado mi horario de trabajo, que me podía ir a casa. Pero me quedé sentado. “¿Eres imbécil, Chema?, te he dicho que te vayas a casa”, me repitió. “Sí, jefa”, le dije, pero no me moví. Mi jefa resopló, hizo un gesto con la mano y se fue por el callejón. Yo me subí bien la cremallera de la cazadora hasta arriba y me puse a esperar. Cada vez hacía más frío, y eso que sólo era octubre. En octubre no suele hacer tanto frío.
Creo que me quedé medio dormido, pero me desperté al oír un ruido. Cuando abrí los ojos, vi a Negro saltando sobre algo blanco y pequeño. Lo cogió con las patas y lo levantó, y lo dejó caer, y lo volvió a levantar, y lo cogió con la boca, y lo soltó, y se agachó y se quedó quieto mirando la cosa pequeña y blanca. Entonces me di cuenta de que esa cosa pequeña y blanca era Miki. Miki se movió, y Negro otra vez se tiró encima de él, y le atrapó con sus patas, y se quedó quieto sobre él, y Miki chilló. Negro levantó una pata y le dio golpecitos, como si quisiera quitarle el polvo. Luego se fue para atrás. Miki volvió a moverse hacia las cajas de fruta, mientras Negro le seguía mirando, moviendo las patas de atrás, pero sin moverse del sitio, y agitaba el rabo, y sin quitarle ojo a Miki. Yo no sabía qué hacer. No podía ni moverme. Miraba a Negro y a Miki con la boca abierta.
Miki estaba a punto de esconderse debajo de una caja con manzanas medio podridas cuando Negro saltó sobre él. Lo cogió con los dientes y no lo soltó. Le vi apretar y apretar, y Miki dejó de moverse. Lo último que vi de Miki fue su blanco rabo entre los dientes de Negro. Entonces cerré la boca y me levanté y me fui a casa.
La mañana del día siguiente vi la jaula vacía de Miki y le eché de menos. Me vestí y me fui a ServiFruta, como cada día. Descargué la mercancía de la furgoneta, la coloqué en las cajas bien colocada y ordenada, como todos los días, y cuando acabé y mi jefa me dijo que podía descansar me senté en el callejón, en una caja de fruta, como todos los días. Pero no tenía a Miki en el bolsillo y no supe qué hacer con mis manos. Volví a echarle de menos. Y me metí las manos en los bolsillos de la cazadora. Entonces vi a Negro que venía por el otro lado del callejón. Venía hacia mí derechito. Se paró delante de mí, se sentó y se puso a mirarme con esos ojos amarillos que antes me daban miedo, mientras movía la cola. Pero esta vez no me dieron miedo. Recordé que la noche anterior Negro se había comido a Miki. Yo lo había visto todo. Había jugado con él, y luego lo había atrapado y se lo había comido. Pobre Miki. Y qué gato más listo, pensé. Y yo creía que Miki era listo. Pero Negro es más listo aún. Por eso se lo comió. Mientras mi jefa Maruja me gritaba que volviera al curro, decidí que de ahora en adelante Negro sería mi mascota. Aunque seguramente no cabría en la jaula de Miki.



Ahora sí






Ahora sí, ahora sí que está llena.
¿Y por qué yo me siento vacía?

jueves, 13 de noviembre de 2008

Luna casi llena

Mañana será luna llena. Y para no perder la costumbre, y para variarla un poco, esta vez creo una entrada para la luna "casi llena". Y a la vez hago honor a todas las situaciones en las que nos sentimos "casi": casi enamorados, casi felices, casi realizados, casi sanos, casi locos, casi tristes, casi cuerdos, casi enfermos, casi humanos, casi perdidos, casi animales, casi encaminados, casi libres, casi encarcelados... y tantos y tantos etcéteras.

viernes, 7 de noviembre de 2008

El paso del "chumino"

Era la primera vez que entraba en una cueva no acondicionada para visitas. Y la única razón era porque me gustaba el chico que llevaba el grupo de espeleología de mi facultad. Se llamaba Miguel. Y no encontré una forma mejor de llamar su atención que uniéndome al grupo. A pesar de que sentía miedo de meterme por esas profundidades. Así que sin dudarlo me apunté a la visita de la cueva, no recuerdo ni su nombre, pero creo que estaba por Guadalajara.
Al llegar nos pusimos los monos (yo uno azul que era de mi padre albañil), y los cascos con el carburo para iluminar el camino. Bajamos a la cueva por una cuerda. Éramos unas 8 personas, y yo procuraba no alejarme mucho de Miguel, y charlar de cualquier cosa. La cueva era húmeda, de arcilla, y a menudo teníamos que arrastrarnos por el suelo. Muy pronto mi mono azul se volvió rojo. Pasamos por salas enormes con estalactitas y murciélagos y laguitos en el centro. Atravesamos túneles por donde había que pasar a gatas o arrastrándonos. El guía, Santiago, que era profesor de Circuitos Electrónicos, llevaba el plano y nos iba indicando el camino. Hasta que llegamos a un pasadizo bastante especial. En el plano lo llamaban “el paso del chumino”, y pronto comprobamos por qué. Era estrecho y alargado. Más ancho en el centro y más estrecho junto al suelo y el techo. Era imposible pasar de pie, había que atravesarlo de lado, apoyándose con un brazo en la parte estrecha y procurando llevar el cuerpo por la zona ancha. La ida fue bien. Todos pasamos sin ningún problema. Pero a la vuelta…

A la vuelta yo estaba agotada. Habíamos estado unas 4 horas caminando, arrastrándonos, trepando. Fuimos entrando de nuevo por “el paso del chumino”. Mis compañeros lo hicieron sin ningún problema. Yo entré, apoyándome sobre mi brazo izquierdo, pero mi cansancio era tan grande que mi brazo no soportó mi peso y caí. Mi cuerpo quedó encajado en la zona inferior, tan estrecha. Por más que lo intentaba, no podía ni desencajarme ni alzarme hasta la zona más ancha del túnel. No podía avanzar. Me entró el pánico. Pensé que me quedaría encajada allí para siempre, bajo metros y metros de tierra arcillosa, que me moriría por inanición, que nadie podría ayudarme. Sentí una horrible claustrofobia por primera vez en mi vida.
Pero Santiago, que venía justo detrás de mí, me dijo que me tranquilizara, que ahí no me iba a quedar. Pasó arrastrándose sobre mí, y tiró de mis brazos mientras yo empujaba con mis agotadas piernas. Creo que la fuerza me vino de la cabeza y del deseo de supervivencia más que de los músculos. Poco a poco, centímetro a centímetro, fui saliendo del paso del chumino. Cuando lo conseguí y llegué a la sala de los murciélagos, me sentí como si hubiese nacido de nuevo. Fue como un parto (nunca mejor dicho). Me dolía todo el cuerpo (al día siguiente tuve agujetas en músculos que ni sabía que existían), pero me sentía feliz, viva y poderosa. De la sala de los murciélagos, seguimos avanzando hasta salir al exterior. Ya era noche cerrada, y una enorme luna llena lucía sobre una encina centenaria. Era la luna más bonita que había visto en toda mi vida. Parecía que sólo me iluminaba a mí. Allí estaba yo, con el mono rojo por completo, hambrienta, con todos los músculos doloridos, y satisfecha de mi misma. Ni siquiera presté atención a Miguel, que se iba quitando su casco y su mono. Sólo podía sentirme como recién nacida. Fuerte, libre, poderosa, mirando fijamente la luna llena y respirando el aire libre. Había vuelto a nacer en cierta forma. No volví a entrar en ninguna cueva más.


Basado en hechos reales: Fotos de la cueva.


lunes, 3 de noviembre de 2008

Ahora que puedo decir que me he librado por primera vez en muchos años de ir al cementerio el día de Todos los Santos (costumbre instituida por mi madre), ahora que los turrones invaden las estanterías de las tiendas, y algún anuncio navideño sale ya en la tele, me gustaría poder librarme con tan fácilmente de la Navidad. No quiero que llegue. No quiero ver luces de colores, ni adornos, ni arbolitos, ni oir villancicos, ni aguantar anuncios sensibleros, ni películas ñoñas. No quiero lotería de navidad, ni cenas de navidad, ni regalos de navidad (mucho menos de Reyes). Quiero fugarme a un país (si existe alguno en este planeta) donde no se celebre la navidad. Y si no puede ser, hibernaré hasta que llegue el 10 de enero del 2009. Qué pena que no me pueda transformar en osa a voluntad.

Silencio













Silencio. No hablar, que hace daño.
Silencio. No escribir, que duele.
Silencio. No salir a la calle, que hay gente.
Silencio. Que nadie sepa cómo me siento.
Silencio. Que nadie sepa cómo te sientes.
Silencio. Aunque te echen de menos.
Silencio. Y alejarse de quien te quiere.

.........................


Dedicado a Y.


sábado, 1 de noviembre de 2008

Eterno retorno

Ayer iba en el autobús 42 y tuve la certeza de que conocía a la pasajera que iba sentada delante de mí. Una mujer de unos cincuenta años, con una tirita en la frente, que no había visto en mi vida. Me está pasando esto con frecuencia últimamente. Además de los dejá vu.
Se me ocurrió una teoría; la vida que estoy viviendo, no es la primera vez que la vivo. He repetido la misma vida, los mismos actos, los mismos movimientos, los mismos trayectos, las mismas actividades, he conocido a las mismas personas y viajado a los mismos lugares, al menos miles de veces. Quizá millones de veces. Eso sí, con alguna pequeña, mínima modificación. Algo similar a lo que le ocurría al protagonista de "Atrapado en el tiempo".
Supongo que de una repetición a otra aprenderé algo. Pero tengo la terrible sensación de que sigo cometiendo los mismos errores una y otra vez, una y otra vez, y los seguiré cometiendo infinitamente, a no ser que aprenda algo sobre ellos. Como el ciclo del eterno retorno.