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viernes, 14 de noviembre de 2008

Mi mascota

Cuánto quería a mi ratón blanco. Era mi mascota. Me pongo triste cuando pienso en él. Pero ahora quiero mucho al gato Negro. Es tan listo que a veces me asusta. Parece que adivina lo que pienso.
Al ratón blanco le puse de nombre Miki. Como el de los dibujos animados. Me lo regalaron por mi cumpleaños. Y lo llevaba siempre en el bolsillo de mi cazadora. Todas las mañanas a las 7, después de levantarme y afeitarme y vestirme, lo sacaba de su jaula y lo metía en el bolsillo de la cazadora. Luego salía a la calle con Miki en el bolsillo, tan calentito y moviéndose de vez en cuando.
Mi trabajo es fácil. Cuando llego a la tienda, todavía es de noche, pero ya está allí la furgoneta con las frutas y las verduras. Cojo el carrito y voy sacando las cajas y colocándolas amontonadas en el callejón, detrás de la tienda. Cuando ya están todas ahí colocadas, llega mi jefa, Maruja, y me ordena que vaya colocando la mercancía. “Chema, ya está todo, vete colocando la mercancía”, así me dice. Así que voy sacando las naranjas, las mandarinas, las manzanas, las setas, las coles, los calabacines, las lechugas, los pimientos y todo lo demás de las cajas de madera y lo voy colocando en las cajas de plástico de dentro de la tienda, y en las que hay en la puerta, dando a la calle, para que la gente las vea. Las coloco bien ordenaditas, sin amontonarse para que se vea bien cada fruta y cada verdura. Curro en ServiFruta, que es como un autoservicio, pero de frutas y verduras. Es un trabajo que me gusta. Es fácil. No tengo que pensar. Sólo colocar todo con paciencia. Cuando todo está colocado, le pido permiso a la jefa y me voy al callejón para sentarme en una caja de manzanas vacía.
Cuando llevaba a Miki en el bolsillo de la cazadora, lo sacaba y lo ponía en la mano y le daba besitos en el hocico y se me subía por la manga y los hombros y la cabeza. De otro bolsillo sacaba una hoja de lechuga, o un puñado de garbanzos, o de alubias, o de cacahuetes, y Miki bajaba corriendo de mi cabeza y se ponía a comer en mi mano. Me gustaba verle coger la comida con sus dos patitas delanteras y ver cómo se lo iba comiendo. Me parecía tan listo, con esa agilidad y esa rapidez y lo bien que cogía las cosas con las manitas, casi como si fuera una persona. Cuando oía un grito de Maruja tenía que guardar a Miki deprisa en el bolsillo y volver al curro.
Un día, mientras estaba dando de comer a Miki, vi que asomaba Negro debajo de unas cajas. Negro es el gato vagabundo del callejón. Es negro como la noche. Por eso le puse de nombre Negro. No era de nadie, así que yo le puse el nombre. Solía darme miedo, porque se me quedaba mirando con sus ojos amarillos, fijamente. Y luego miraba a Miki. Se le quedaba mirando muy quieto, los ojos muy abiertos, sin parpadear. Creo que Negro tenía hambre. Oí gritar a mi jefa justo detrás de mí, “Chema, maldita sea, otra vez en las nubes; venga, al trabajo, leches”. Asustado, me guardé muy deprisa a Miki en el bolsillo y fui a colocar unas cajas de chirimoyas y otra de mandarinas y luego me puse a amontonar unas patatas que se habían caído al suelo. Cuando acabé, volví al callejón. Palpé en el bolsillo, y estaba vacío. Busqué en todos mis bolsillos, pero Miki no estaba. Mi corazón empezó a latir muy deprisa y me temblaban las manos y me puse a buscar debajo de todas las cajas y por todos los rincones, y le llamaba, “Miki, Miki”, pero claro, era sólo un ratón y creo que ni siquiera sabía que se llamaba Miki. Así que me senté en un cajón de fruta a esperar a ver si salía. Pasaron unas tres horas. Mi jefa salió a decirme que ya había acabado mi horario de trabajo, que me podía ir a casa. Pero me quedé sentado. “¿Eres imbécil, Chema?, te he dicho que te vayas a casa”, me repitió. “Sí, jefa”, le dije, pero no me moví. Mi jefa resopló, hizo un gesto con la mano y se fue por el callejón. Yo me subí bien la cremallera de la cazadora hasta arriba y me puse a esperar. Cada vez hacía más frío, y eso que sólo era octubre. En octubre no suele hacer tanto frío.
Creo que me quedé medio dormido, pero me desperté al oír un ruido. Cuando abrí los ojos, vi a Negro saltando sobre algo blanco y pequeño. Lo cogió con las patas y lo levantó, y lo dejó caer, y lo volvió a levantar, y lo cogió con la boca, y lo soltó, y se agachó y se quedó quieto mirando la cosa pequeña y blanca. Entonces me di cuenta de que esa cosa pequeña y blanca era Miki. Miki se movió, y Negro otra vez se tiró encima de él, y le atrapó con sus patas, y se quedó quieto sobre él, y Miki chilló. Negro levantó una pata y le dio golpecitos, como si quisiera quitarle el polvo. Luego se fue para atrás. Miki volvió a moverse hacia las cajas de fruta, mientras Negro le seguía mirando, moviendo las patas de atrás, pero sin moverse del sitio, y agitaba el rabo, y sin quitarle ojo a Miki. Yo no sabía qué hacer. No podía ni moverme. Miraba a Negro y a Miki con la boca abierta.
Miki estaba a punto de esconderse debajo de una caja con manzanas medio podridas cuando Negro saltó sobre él. Lo cogió con los dientes y no lo soltó. Le vi apretar y apretar, y Miki dejó de moverse. Lo último que vi de Miki fue su blanco rabo entre los dientes de Negro. Entonces cerré la boca y me levanté y me fui a casa.
La mañana del día siguiente vi la jaula vacía de Miki y le eché de menos. Me vestí y me fui a ServiFruta, como cada día. Descargué la mercancía de la furgoneta, la coloqué en las cajas bien colocada y ordenada, como todos los días, y cuando acabé y mi jefa me dijo que podía descansar me senté en el callejón, en una caja de fruta, como todos los días. Pero no tenía a Miki en el bolsillo y no supe qué hacer con mis manos. Volví a echarle de menos. Y me metí las manos en los bolsillos de la cazadora. Entonces vi a Negro que venía por el otro lado del callejón. Venía hacia mí derechito. Se paró delante de mí, se sentó y se puso a mirarme con esos ojos amarillos que antes me daban miedo, mientras movía la cola. Pero esta vez no me dieron miedo. Recordé que la noche anterior Negro se había comido a Miki. Yo lo había visto todo. Había jugado con él, y luego lo había atrapado y se lo había comido. Pobre Miki. Y qué gato más listo, pensé. Y yo creía que Miki era listo. Pero Negro es más listo aún. Por eso se lo comió. Mientras mi jefa Maruja me gritaba que volviera al curro, decidí que de ahora en adelante Negro sería mi mascota. Aunque seguramente no cabría en la jaula de Miki.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Te decidistes a publicarlo en el blog...no es jsto, siempre gana el gato...como cangrejito que soy defiendo a los de mi tamaño..pobre miki, DEP.

besos, y que tengas un buen descanso

Superwoman dijo...

Me gusta, aunque me recuerda a algo... ¿De ratones y hombres?
Un supersaludo