
Iba paseando tranquilamente por el desierto, mientras me arrancaba del pecho unas molestas espinas que se me habían clavado del último cáctus con el que me topé, y tan distraída estaba que no miré por donde pisaba, cuando noté que mis pies comenzaban a hundirse en la arena, pero no me preocupó mucho, a veces pasa, es lo que tiene la arena del desierto, blanda bajo las pisadas, cambiante y móvil por el viento, así que no me asusté y me fui hundiendo cada vez más, la arena ya me llegaba hasta la rodilla y subiendo, y llegó a la cadera, y aquello parecía que no iba a parar nunca, y yo me quedé ligeramente paralizada, mirando el cielo sobre mí, y el sol cayendo a plomo sobre mi cabeza, y seguí quieta, mirando a mi alrededor, observando la arena que se acercaba cada vez más a mi cabeza, y yo seguía hundiéndome sin solución posible, y lo curioso es que me daba igual, no sentía miedo, casi me parecía gracioso, hasta que la arena me llegó al cuello y dejé de hundirme, como por arte de magia.
Había tocado fondo...
2 comentarios:
Alice, que relato tan interesante, haz el favor de volver a pensar historias, que llevas mucho tiempo tipo telegrama.
Besos
Gracias, Ysa.
Pero ahora sólo me salen telegramas, como tú dices...
kiss
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