El camino viejo ya no me sirve. Tengo que elegir qué orientación seguir. Este u oeste. No hay indicaciones. No hay señales. Sólo el cruce de caminos. Sólo mi intuición y mis deseos de cambiar. Y los árboles que no me dejan ver lo que me espera.
Soy una niña. He pedaleado más de una hora y me siento cansada. Apoyo la bici en un olivo y me siento al lado. Observo el sol que se pone. Oigo las cigarras que se van callando poco a poco. Oigo a los grillos que empiezan a cantar. Algún pájaro despistado cruza aleteando. Busca su nido. A lo lejos, en dirección al pueblo, se oye a un perro ladrar.
Me abrazo las rodillas. Imagino que mi padre ya habrá salido a buscarme. Pero no me muevo. Algo me lo impide.
Un murciélago cruza el cielo haciendo zig-zags. En el horizonte sólo hay un fulgor rojizo. Sigo sin poder moverme, la barbilla apollada en mis brazos cruzados. No quiero volver a casa, me digo. Prefiero esta soledad entre olivos y murciélagos.
Veo una luz por el camino y una voz que me llama. Mi padre me ha encontrado. Sonrío y rompo a llorar.
Este fin de semana, la luna llena se ha visto más grande que otros meses. Eso parecía. La realidad es que cuanto más baja está la luna, más grande parece. Y este mes la luna llena estaba muy cerca del horizonte. Un simple efecto óptico. Otro de los misterios de la luna...
Lara se encasqueta la capucha de su cazadora hasta las cejas. Enciende un camel y sale a la calle, bajo la llovizna de medianoche.
Se cruza con el vagabundo de las barbas, que masculla algo sobre lo podrida que está la sociedad y el puto perro que se había orinado sobre los cartones que le servían de cama.
Lara sigue caminando sin rumbo hasta que llega al parque. Alza la vista y se sorprende al ver la silueta de las cuatro torres. Tiene la sensación de hallarse en otro país. De pronto, siente la necesidad de estar en otro país. A miles de kilómetros. Donde no conozca a nadie ni nadie la conozca. Donde no sepa ni el idioma. No se sentiría más sola que en esos momentos.
Enciende otro camel. Echa el humo mientras contempla las torres, ansiando huir. A miles de kilómetros de allí, Lara seguiría siendo Lara, piensa.
Apaga el cigarrillo con rabia. Nota un escozor en los ojos, debe ser por el humo. Da media vuelta y regresa a su casa. El vagabundo ha desaparecido.