
Viernes tarde. Salida del trabajo. Sentada junto a la ventanilla, miro sin ver el tráfico que abarrota la Castellana, rodeada de extraños sudorosos que sólo piensan en el fin de semana o en las inminentes vacaciones. Un libro entre mis manos abierto, sin ser leído.
Me sorprendo deseando que el trayecto no acabe nunca. Que el bus recorra eternamente la Castellana, emulando al buque del Holandés Errante, sin llegar nunca a Plaza Castilla.
No es que me espere ningún destino fatídico, ninguna cita desagradable. Sólo llegar a mi casa. Pero la idea de que el bus se detenga, tener que levantarme y salir a la asfixiante atmósfera madrileña para esperar otro bus, me resulta ahora lo más desagradable del mundo. Tener que interrumpir la soñolienta tranquilidad del bus abarrotado para llegar a un "¿destino?", me parece muy incómoda.
No quiero llegar a mi casa vacía. A mi vida vacía. No quiero replantearme por enésima vez qué hacer con mi vida. Sólo deseo recorrer la Castellana arriba y abajo eternamente. Bajo sol, lluvia, granizo y nieve. Hasta que se pinche alguna rueda o yo me rinda al "destino". Lo que ocurra antes.